Café tortoni buenos aires

Gastronomía de Buenos Aires más allá del asado

Buenos Aires tiene una habilidad particular para abrir el apetito. Puedes caminar por una avenida llena de librerías, detenerte frente a un edificio antiguo y, unos metros después, encontrarte con el aroma de una milanesa recién frita, una pizza cubierta de queso o una salsa de tomate que lleva horas cocinándose. La ciudad parece recordarte que siempre hay algo bueno esperando detrás de la puerta de un restaurante.

Pero hay una curiosidad: muchos viajeros llegan convencidos de que la gastronomía argentina comienza y termina con el asado.

Y claro, sería absurdo negar la importancia de la carne a la parrilla. Argentina ha construido buena parte de su identidad gastronómica alrededor de ella. Sin embargo, comer en Buenos Aires va mucho más allá del asado.

Aquí existen restaurantes de barrio conocidos como bodegones, pizzerías que defienden recetas de varias generaciones, cafés históricos donde el tiempo parece avanzar con otro ritmo y platos que cuentan la historia de la inmigración europea mejor que muchos libros.

La cocina porteña es una mezcla de tradiciones, adaptaciones y costumbres profundamente urbanas. Tiene raíces españolas e italianas, pero también incorpora ingredientes y preparaciones de otras regiones argentinas y de las comunidades que han llegado a la ciudad.

Si quieres descubrir qué comer en Buenos Aires sin repetir todos los días el ritual de la parrilla, conviene comenzar por sus bodegones.

Y llegar con hambre. Bastante hambre.

¿Qué es un bodegón porteño y por qué forma parte de la identidad de Buenos Aires?

Un bodegón es un tipo de restaurante tradicional argentino asociado con la comida casera, las porciones generosas y un ambiente informal.

No existe una definición legal única que determine qué establecimientos pueden utilizar ese nombre. Sin embargo, los bodegones de Buenos Aires suelen compartir algunas características reconocibles.

Muchos tienen mesas sencillas, fotografías antiguas, camisetas de futbol, paredes decoradas con recuerdos y cartas donde conviven pastas, milanesas, tortillas, carnes y postres tradicionales.

Son lugares donde importa más el contenido del plato que la sofisticación de la presentación.

Aunque algunos bodegones se han convertido en destinos turísticos, muchos mantienen una relación cercana con los habitantes del barrio.

La palabra bodegón tiene antecedentes en la tradición española, pero en Buenos Aires adquirió un significado gastronómico propio.

Durante los siglos XIX y XX, la ciudad recibió grandes corrientes migratorias europeas, especialmente de Italia y España.

De acuerdo con el censo nacional argentino de 1914, aproximadamente el 30 % de los habitantes del país había nacido en el extranjero. La presencia inmigrante era particularmente notable en Buenos Aires.

Aquellas comunidades trajeron recetas, maneras de cocinar y costumbres alimentarias que terminaron mezclándose con los ingredientes y hábitos locales.

Las pastas, las milanesas, las tortillas y ciertos guisos encontraron un lugar permanente en las mesas porteñas.

Con el tiempo, muchos restaurantes de barrio construyeron su identidad alrededor de esas preparaciones.

¿Qué diferencia a un bodegón de un restaurante común?

La diferencia no siempre está en el menú.

Un restaurante moderno también puede ofrecer milanesas, pastas y flanes.

Lo que distingue al bodegón tradicional suele ser la combinación de comida abundante, ambiente familiar y una cierta continuidad histórica.

Algunos establecimientos conservan recetas que llevan décadas sirviendo.

Otros son más recientes, pero reproducen deliberadamente el estilo de los bodegones clásicos.

Conviene reconocer esa diferencia: no todo restaurante con manteles a cuadros tiene necesariamente una historia centenaria.

Y tampoco hace falta que la tenga para cocinar bien.

Lo interesante es descubrir por qué estos espacios siguen atrayendo a personas que buscan algo más que una comida rápida.

En una ciudad donde constantemente aparecen nuevas propuestas gastronómicas, los bodegones representan cierta resistencia a la moda pasajera.

No prometen reinventar la papa frita.

Simplemente esperan prepararla bien.

La milanesa napolitana: un plato que cuenta una historia de inmigración

Si existe una preparación que merece aparecer en cualquier recorrido por la cocina porteña, es la milanesa napolitana.

Su nombre puede generar cierta confusión.

La milanesa recuerda a las preparaciones europeas de carne empanizada, especialmente a la tradición de la cotoletta milanesa italiana.

Pero la versión napolitana popular en Argentina no debe interpretarse como una receta tradicional originaria de Nápoles.

Una historia gastronómica ampliamente difundida relaciona su creación con un restaurante porteño llamado Nápoli, donde se habría comenzado a servir una milanesa cubierta con salsa de tomate, jamón y queso durante la primera mitad del siglo XX.

Existen distintas versiones sobre los detalles de ese origen, de modo que conviene considerarlo una tradición culinaria relatada más que un acontecimiento completamente documentado.

Lo indiscutible es que la milanesa napolitana se convirtió en un clásico argentino.

¿Cómo es una milanesa napolitana?

La preparación comienza con una pieza de carne empanizada y cocida, generalmente frita u horneada.

Después se cubre con salsa de tomate, jamón y queso, y se calienta hasta que el queso se derrite.

En algunos establecimientos se termina con orégano, aceitunas u otros ingredientes.

El resultado combina una base crujiente con una cubierta húmeda y abundante.

Muchas veces llega acompañada de papas fritas.

Y cuando digo acompañada, no siempre me refiero a una pequeña guarnición discreta.

En ciertos bodegones, las porciones pueden ser tan grandes que compartir una milanesa resulta una decisión bastante razonable.

Para un visitante mexicano, la experiencia puede recordar la importancia que tienen las milanesas dentro de nuestra propia cocina cotidiana, aunque la versión argentina desarrolla una personalidad diferente gracias a sus acompañamientos.

Las pastas porteñas: Italia cruzó el Atlántico y se quedó a cenar

Si algo demuestra Buenos Aires es que las tradiciones culinarias viajan con las personas.

La inmigración italiana dejó una huella profunda en la gastronomía local.

Hoy es habitual encontrar restaurantes que ofrecen ravioles, ñoquis, tallarines, canelones y sorrentinos.

Estos últimos son especialmente populares en Argentina.

Los sorrentinos suelen elaborarse como piezas grandes y redondas de pasta rellena, frecuentemente con jamón y queso, aunque existen numerosas variantes.

Su nombre evoca a la ciudad italiana de Sorrento, pero la preparación tal como se conoce en Argentina se asocia con la evolución local de las pastas rellenas.

¿Qué salsa conviene pedir?

Una de las combinaciones más conocidas es la salsa mixta, que suele incorporar salsa de tomate y crema, aunque las recetas cambian según el restaurante.

También aparece la salsa fileto, de base de tomate, y la salsa blanca, relacionada con la bechamel.

Otra especialidad frecuente es la salsa parisienne, que en numerosas versiones argentinas incluye crema, jamón, pollo y champiñones. O una famosa pasta alfredo con sus variantes locales.

No todas las pastas necesitan salsas complejas.

Unos buenos ñoquis con tomate y queso rallado pueden ser suficientes para entender por qué la pasta ocupa un lugar tan importante dentro de la comida típica argentina.

La tradición de los ñoquis del 29

Una de las costumbres gastronómicas más curiosas de Argentina consiste en comer ñoquis el día 29 de cada mes.

La tradición suele vincularse con relatos de origen italiano y con la costumbre de colocar dinero debajo del plato como símbolo de prosperidad.

Existen distintas explicaciones populares sobre su nacimiento, pero no hay evidencia suficiente para asegurar una única historia.

En la práctica, la celebración continúa presente en hogares y restaurantes argentinos.

Algunos establecimientos ofrecen ñoquis como especialidad de esa fecha.

Es una costumbre encantadora porque convierte un platillo cotidiano en una pequeña cita mensual.

Y demuestra que no todas las tradiciones gastronómicas necesitan esperar hasta Navidad para reunir a una familia.

Gastronomía en buenos aires

La pizza porteña: más queso, masa generosa y una personalidad propia

Si visitas Buenos Aires y decides comer únicamente carne, podrías pasar por alto uno de sus mayores orgullos gastronómicos: la pizza.

La pizza porteña tiene características particulares que la distinguen de muchas preparaciones italianas contemporáneas.

Una de sus versiones más conocidas es la pizza al molde, elaborada con una masa relativamente alta y esponjosa.

Suele llevar una cantidad abundante de queso mozzarella, conocido en Argentina habitualmente como muzzarella.

También existe la pizza a la piedra, generalmente más delgada.

Las diferencias entre establecimientos son enormes, pero la ciudad ha desarrollado una cultura pizzera especialmente reconocible.

Fugazzeta: cebolla y queso en cantidades poco tímidas

La fugazzeta es una de las especialidades más representativas de la pizza argentina.

Se relaciona con la fugazza, preparación inspirada en la focaccia italiana y caracterizada por la presencia de cebolla.

En su versión rellena, la fugazzeta puede incorporar abundante queso entre capas de masa, con cebolla por encima.

Es un platillo contundente.

De esos que invitan a abandonar cualquier intención de comer discretamente.

Entre las pizzerías históricas de Buenos Aires se encuentra Güerrín, fundada en 1932 sobre la avenida Corrientes.

Otro nombre tradicional es El Cuartito, asociado con la cultura pizzera porteña desde 1934.

Son referencias históricas reconocidas, aunque sus cartas, horarios y condiciones de servicio deben verificarse antes de visitarlas.

¿Qué es el fainá y por qué se come con pizza?

El fainá es una preparación elaborada principalmente con harina de garbanzo, agua, aceite y sal.

Tiene antecedentes relacionados con la farinata de Liguria, en Italia.

En Buenos Aires es habitual comer una porción de fainá sobre una rebanada de pizza.

La combinación puede parecer extraña al principio: una preparación de garbanzo encima de otra de trigo.

Pero funciona.

La textura del fainá contrasta con la masa y el queso.

Y, de paso, demuestra que la cocina porteña nunca tuvo demasiado interés en limitarse a una sola fuente de carbohidratos cuando podía combinar dos.

Los cafés notables: donde Buenos Aires también se come sentado durante horas

La gastronomía porteña no se entiende únicamente visitando restaurantes.

Los cafés forman parte de la vida cultural de Buenos Aires.

Durante generaciones han sido espacios de conversación, lectura, encuentros políticos, reuniones artísticas y vida cotidiana.

La ciudad cuenta con una categoría patrimonial conocida como Bares Notables, que reconoce establecimientos vinculados con su historia y cultura urbana.

Entre ellos destaca el Café Tortoni, inaugurado en 1858 y considerado uno de los cafés históricos más conocidos de la capital.

Su trayectoria está relacionada con diferentes figuras de la vida cultural argentina.

Pero no hace falta entrar a un café famoso para comprender esta tradición.

Un establecimiento de barrio puede ofrecer una experiencia igualmente interesante.

¿Qué pedir en un café porteño?

Una combinación clásica es café con leche y medialunas.

Las medialunas argentinas recuerdan a los cruasanes europeos, pero tienen características propias.

Pueden prepararse de manteca o de grasa, con diferencias de textura y sabor.

Las de manteca suelen ser más dulces y suaves, mientras que las de grasa pueden presentar una textura más firme y menos dulce, aunque esto cambia entre panaderías.

También aparecen tostados de jamón y queso, conocidos popularmente como tostados, y pequeños sándwiches de miga.

Estos últimos son otra especialidad argentina vinculada con la influencia de la inmigración europea.

Se preparan con pan de miga muy delgado, sin corteza, y diversos rellenos.

Para quienes disfrutan desayunar sin prisa, los cafés porteños son una excelente manera de observar la ciudad.

Porque Buenos Aires también se descubre sentado junto a una ventana, con una taza de café y una conversación que se alarga más de lo previsto.

El sándwich de milanesa y otras comidas para recorrer la ciudad

No todas las especialidades porteñas necesitan servirse en un restaurante tradicional.

Buenos Aires también cuenta con una importante cultura de comidas rápidas, panaderías y pequeños establecimientos de barrio.

El sándwich de milanesa es una preparación popular en Argentina, aunque tiene una asociación especialmente fuerte con Tucumán, donde se ha convertido en un símbolo gastronómico regional.

En Buenos Aires pueden encontrarse distintas versiones.

Generalmente combina pan, milanesa y acompañamientos como lechuga, tomate, jamón, queso o aderezos.

Es una opción abundante y práctica.

También aparece el choripán, elaborado con chorizo asado dentro de pan y frecuentemente acompañado de chimichurri o salsa criolla.

Aunque su relación con la parrilla es evidente, representa una experiencia distinta al asado servido como comida formal.

En determinados paseos urbanos y espacios gastronómicos se encuentran puestos que ofrecen esta preparación.

Sin embargo, conviene recordar que no toda la comida callejera porteña se concentra en un solo barrio ni mantiene los mismos horarios.

Los establecimientos y permisos pueden cambiar, por lo que siempre es recomendable consultar las condiciones actuales antes de organizar una visita específica.

La tortilla española también se volvió porteña

Entre las preparaciones habituales de algunos bodegones aparece la tortilla de papa.

Su origen está relacionado con la cocina española, pero encontró un lugar importante dentro de la gastronomía argentina.

En Buenos Aires pueden encontrarse versiones con papa, huevo y cebolla, así como preparaciones rellenas con jamón, queso u otros ingredientes.

En ciertos establecimientos se sirve como entrada para compartir.

Una buena tortilla tiene una textura equilibrada: papas suaves, huevo bien integrado y una superficie ligeramente dorada.

El punto de cocción puede variar según la receta y las preferencias personales.

Para visitantes que no desean consumir huevo poco cocido, conviene solicitar una preparación completamente cuajada.

Lo interesante es que la tortilla demuestra cómo una receta puede viajar sin perder su identidad original y, al mismo tiempo, adaptarse a nuevos gustos.

Buenos Aires está llena de estas transformaciones.

No son simples copias de recetas europeas.

Son interpretaciones que adquirieron vida propia.

Dulce de leche en buenos aires

Postres porteños: dulce de leche, flan y una generosa capa de nostalgia

Después de una milanesa napolitana con papas fritas, quizá parezca imposible pensar en el postre.

Pero los bodegones tienen una capacidad extraordinaria para despertar un segundo apetito.

Entre los clásicos se encuentra el flan casero con dulce de leche y crema.

El flan tiene raíces dentro de la tradición culinaria europea, pero su presencia en Argentina adquirió un carácter muy particular gracias al dulce de leche.

Este producto, elaborado mediante la cocción de leche con azúcar, ocupa un lugar central en numerosos postres argentinos.

Su historia está rodeada de relatos populares que intentan atribuirle un origen específico.

Sin embargo, preparaciones semejantes existen desde hace mucho tiempo en distintas regiones del mundo.

Lo que sí puede afirmarse es que Argentina desarrolló una relación gastronómica especialmente fuerte con el dulce de leche.

El vigilante: queso y dulce en una misma mesa

Otro postre tradicional es el llamado vigilante, una combinación de queso y dulce.

Una versión conocida utiliza queso fresco acompañado de dulce de membrillo o batata.

La mezcla recuerda a preparaciones que también encontramos en otros países latinoamericanos.

El contraste entre la salinidad suave del queso y el dulzor concentrado de la fruta funciona sorprendentemente bien.

Es un postre sin demasiadas complicaciones.

Y quizá esa sea precisamente su virtud.

Cuando una comida ya fue abundante, no siempre hace falta terminar con una elaboración espectacular.

A veces, dos ingredientes bien combinados son suficientes.

Heladerías y herencia italiana: otra cara dulce de Buenos Aires

La influencia italiana también aparece en las heladerías.

Buenos Aires cuenta con una larga tradición de helado artesanal, asociada con conocimientos y técnicas difundidos por inmigrantes italianos y sus descendientes.

Entre los sabores frecuentes se encuentran chocolate, sambayón, frutales y múltiples variantes de dulce de leche.

El sambayón se relaciona con el zabaglione italiano, una preparación tradicional elaborada con yemas de huevo, azúcar y vino.

En heladería se adapta para producir un sabor característico.

Las opciones disponibles cambian según el establecimiento, pero probar helado en Buenos Aires puede resultar tan representativo como visitar una pizzería.

Y hay una particularidad interesante: la cultura porteña del helado no se limita necesariamente al verano.

En numerosos hogares argentinos se consume durante diferentes épocas del año.

Para un visitante acostumbrado a asociar el helado exclusivamente con el calor, puede resultar una costumbre agradable.

¿Dónde buscar bodegones en Buenos Aires?

La ciudad tiene una geografía gastronómica amplia.

No todos los bodegones se encuentran en zonas turísticas, y esa dispersión es parte de su encanto.

Los barrios de Almagro, Boedo, San Cristóbal, Villa Crespo, Balvanera y otros sectores de la ciudad cuentan con establecimientos relacionados con la tradición de restaurantes de barrio.

También existen bodegones reconocidos en zonas más visitadas por turistas.

Entre los nombres históricos que suelen mencionarse aparece El Obrero, asociado durante décadas con la cocina de bodegón.

Otro establecimiento conocido es El Preferido de Palermo, cuya historia está vinculada con un antiguo local gastronómico y una propuesta contemporánea inspirada en la tradición porteña.

No son experiencias idénticas.

Un bodegón histórico puede conservar un ambiente muy particular, mientras que un restaurante renovado puede ofrecer una interpretación más actual de la cocina tradicional.

Lo mejor es elegir según el tipo de experiencia que busques.

Y verificar antes de acudir los horarios, las reservas y la oferta del establecimiento, porque esos detalles pueden cambiar.

Cómo reconocer un buen bodegón sin depender de las redes sociales

No existe una fórmula infalible.

Un local lleno puede indicar popularidad, pero tampoco garantiza que todos sus platillos sean extraordinarios.

Las reseñas ayudan a conocer experiencias recientes, aunque conviene leerlas con criterio.

Para elegir un bodegón, yo prestaría atención a la especialidad del establecimiento.

Algunos destacan por las milanesas.

Otros tienen fama por sus pastas o por determinados guisos.

También puede ser útil observar si el menú se concentra en preparaciones tradicionales o intenta ofrecer demasiadas opciones sin una identidad clara.

Preguntar por el plato de la casa suele funcionar.

Y si vas acompañado, compartir una milanesa o una entrada puede permitirte probar más cosas.

Las porciones de ciertos bodegones son generosas, pero no todas tienen el mismo tamaño.

No conviene asumir que cualquier plato alcanza automáticamente para dos personas.

La mejor decisión es consultar antes de ordenar.

Heladeria de buenos aires

Buenos Aires se come por barrios, no solamente por restaurantes

Una forma interesante de explorar la gastronomía porteña consiste en combinar la comida con caminatas por diferentes barrios.

En San Telmo, por ejemplo, puedes encontrar una mezcla de arquitectura histórica, comercios tradicionales y propuestas gastronómicas.

Palermo reúne restaurantes contemporáneos, cafés y establecimientos que reinterpretan recetas clásicas.

La avenida Corrientes es especialmente conocida por sus teatros, librerías y pizzerías.

Esta última tiene una personalidad nocturna muy marcada.

Después de una función teatral, una porción de pizza puede convertirse en una de las experiencias urbanas más características de Buenos Aires.

Y aquí conviene recordar que la gastronomía no está separada de la vida cultural.

Un bodegón de barrio, una pizzería antigua y un café histórico cuentan partes diferentes de la misma ciudad.

No necesitas visitar todos los lugares famosos para comprenderlo.

A veces, basta dedicar tiempo a una zona y observar cómo comen sus habitantes.

¿Qué comer en Buenos Aires durante un viaje de tres días?

Si solamente tienes tres días para explorar la ciudad, vale la pena distribuir las experiencias gastronómicas.

Una mañana puede comenzar con café con leche y medialunas en un café tradicional.

A la hora de comer, un bodegón permite probar una milanesa napolitana o una pasta rellena.

Por la noche, una pizzería de la avenida Corrientes ofrece una experiencia diferente, especialmente si se combina con un paseo por la zona.

Al día siguiente puedes buscar ñoquis, tortilla de papa o algún guiso clásico.

Reserva espacio para un helado artesanal.

Y si el viaje coincide con el día 29 del mes, quizá resulte interesante sumarte a la costumbre de comer ñoquis.

No hace falta convertir el itinerario en una sucesión interminable de comidas.

Buenos Aires también merece recorrerse por sus plazas, librerías, museos y barrios.

La comida puede acompañar esos paseos sin apoderarse de todas las horas disponibles.

Aunque, después de conocer el tamaño de algunas milanesas, probablemente necesites caminar un poco.

La cocina porteña actual: tradición y nuevas influencias

La gastronomía de Buenos Aires continúa cambiando.

Durante las últimas décadas han surgido propuestas que recuperan recetas tradicionales, trabajan con productores locales o incorporan influencias de nuevas comunidades migrantes.

La cocina peruana, por ejemplo, ha ganado visibilidad en la ciudad, junto con otras tradiciones latinoamericanas y asiáticas.

También han aparecido restaurantes que reinterpretan preparaciones argentinas mediante técnicas contemporáneas.

Esto no significa que los bodegones hayan perdido relevancia.

De hecho, su estética y su cocina siguen despertando interés entre distintas generaciones.

Algunos restaurantes nuevos adoptan platos tradicionales y los presentan con una mirada actual.

Otros defienden la abundancia y la sencillez como parte de su identidad.

Es una convivencia interesante.

La ciudad puede ofrecer una milanesa gigantesca en un restaurante de barrio y, a pocas calles, una versión contemporánea servida en pequeñas porciones.

Ambas experiencias responden a públicos y expectativas diferentes.

Lo importante es evitar pensar que una representa la cocina auténtica y la otra necesariamente la traiciona.

La gastronomía siempre está en movimiento.

La influencia de los inmigrantes sigue viva en cada plato

Uno de los aspectos más fascinantes de Buenos Aires es cómo convirtió múltiples tradiciones alimentarias en parte de su identidad.

La inmigración italiana dejó una huella profunda en las pastas, pizzas y helados.

Las costumbres españolas influyeron en tortillas, guisos y otras preparaciones.

Los ingredientes y hábitos locales terminaron transformando esas recetas.

Con el tiempo, las nuevas generaciones dejaron de percibir muchos de esos platos como alimentos extranjeros.

Se volvieron parte de la vida cotidiana.

Eso explica por qué una milanesa napolitana puede sentirse profundamente argentina, aunque reúna referencias culinarias europeas.

Lo mismo ocurre con la pizza porteña.

Tiene antepasados italianos, pero su estilo abundante y su relación con las pizzerías de barrio forman parte de una historia urbana propia.

La cocina argentina no es solamente el resultado de conservar recetas antiguas.

También es la historia de cómo esas recetas cambiaron al llegar a otro lugar.

El verdadero encanto de un bodegón está en lo que sucede alrededor del plato

Hay algo que los restaurantes modernos no siempre consiguen reproducir: esa sensación de estar entrando en un lugar que pertenece al barrio.

En un bodegón tradicional pueden convivir familias, trabajadores que salen a comer, parejas mayores y turistas que llegaron siguiendo una recomendación.

Las conversaciones se mezclan con el sonido de los platos y el movimiento de los meseros.

La comida suele ser directa.

Una milanesa con papas fritas no necesita una explicación complicada.

Un plato de ravioles con salsa tampoco.

Pero detrás de esa aparente sencillez existe una historia relacionada con la inmigración, la vida urbana y la transformación de las costumbres alimentarias.

Quizá por eso los bodegones siguen siendo tan interesantes.

No solamente conservan recetas.

También mantienen una manera de entender el restaurante como espacio de encuentro.

Y en una ciudad conocida por sus conversaciones largas y su vida cultural intensa, eso tiene bastante sentido.

Buenos Aires merece descubrirse más allá de la parrilla

El asado seguirá siendo una de las grandes referencias gastronómicas argentinas.

No hay razón para quitarle ese lugar.

Pero reducir Buenos Aires únicamente a la carne asada sería como visitar México y pensar que toda su cocina se explica mediante los tacos.

Una parte importante de la historia quedaría fuera.

La capital argentina tiene pastas que hablan de inmigración, pizzas que desarrollaron un estilo propio, cafés donde la vida cultural encontró refugio y bodegones que continúan sirviendo platos abundantes sin preocuparse demasiado por las modas gastronómicas.

También tiene postres sencillos, heladerías tradicionales y recetas familiares que aparecen en restaurantes de barrio.

Lo interesante es que muchas de estas preparaciones no nacieron con la intención de convertirse en atractivos turísticos.

Eran, simplemente, la comida de todos los días.

Y quizá ahí reside su valor.

Porque cuando un visitante se sienta frente a una milanesa napolitana, comparte una fugazzeta o prueba unos ñoquis un día 29, no solamente está descubriendo sabores.

Está participando, aunque sea por un momento, en costumbres que forman parte de la vida porteña.

La próxima vez que visites Buenos Aires, reserva una noche para el asado si te apetece.

Pero deja espacio para un bodegón.

Pide una especialidad de la casa, escucha las conversaciones, observa las fotografías antiguas y permite que la comida llegue sin demasiadas expectativas.

Puede que descubras que el plato que más recuerdes del viaje no salió de una parrilla.

Tal vez fue una milanesa que apenas cabía en el plato, una pizza con más queso del que parecía razonable o un flan con dulce de leche servido en un restaurante donde nadie tenía demasiada prisa por terminar.

Y, después de todo, conocer una ciudad también consiste en descubrir qué comen sus habitantes cuando no están intentando impresionar a nadie.

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